Si el pueblo conociera la historia…
Cuantas cosas cambiarían
La historia que nos contaron y enseñaron, la que de alguna manera ocupa el imaginario popular, está trazada sobre objetivos claros: La ausencia de ideas que pongan en riesgo el modelo impuesto desde el inicio de nuestra nacionalidad.
Por ello es tan costoso armar la historia prescindiendo de todos los actores y de todos los hechos.
Decía con justa razón el historiador José María Rosa, quien se dedicó a revisar la historia sin las ataduras del legado oficial, que:
“Nosotros los interpretamos, (a los hechos históricos), desde aquí, desde el suelo que pisamos, y si me apuran mucho diré que desde la hora que vivimos. Porque la historia no es algo muerto: es algo vivo, algo que enseña el camino a un pueblo. Aquello que carece de actualidad no nos interesa: interesa a los eruditos, La historia no es erudición: es quehacer político”, y “la historia es el alma de los pueblos y se nos ha querido quitar el alma para que no seamos jamás un pueblo”.
El historiador hablaba de la historia viva, de la que pueden nutrirse los pueblos y obrar en consecuencia.
El destino labrado con el pueblo y su historia sería muy distinto al impuesto por los dueños de la historia oficial, la que no tiene esencia, la que no sirve más que para rellenar horas de cátedras inútiles pues está despolitizada.
Hacernos creer que los artífices de la historia eran apolíticos es una ridiculez, prueba el bajo concepto que se tiene del pueblo y su discernimiento.
Concebida la historia como una constante móvil que traspasa las fronteras del tiempo, podremos entender las raíces y motivaciones que hacen en la actualidad a las tendencias políticas y sociales. A los intereses espurios escondidos tras metodologías económicas y sociales insertas en nosotros como ciertas y únicas. Uno podría interpretar que el sistema vigente es así por obra divina, que el pueblo tiene lo que merece por que nadie hizo nada para que fuera de otra forma. Esto es mentira.
Todo lo que tenemos en la actualidad, una sociedad injusta, sin distribución de las riquezas, con mortalidad infantil por hambrunas innecesarias, con millones de pobres, y algunos miles de ricos, no es otra realidad que la que nos legaron desde el inicio de nuestra historia. A costa de mucha sangre, porque hubo un pueblo que luchó y fue deliberadamente asesinado, líderes que dieron sus vidas, y hombres que traicionaron a su patria.
Al comienzo hubo distintos países posibles, la historia estaba por construirse, el camino por recorrer y las alternativas puestas sobre la mesa de discusión.
Era una época revolucionaria, el contexto mundial estaba sumido en las ideas libertarias de la revolución francesa, (revolución de la burguesía), y de la Estadounidense. Las monarquías tambaleaban, al tiempo que la industrialización requería materias primas para su desarrollo, era el incipiente capitalismo entrando en acción.
En ese contexto se desarrollan las ideas de libertad en Sudamérica. Los imperialismos de entonces con Inglaterra a la cabeza hicieron su aparición en escena. Había que conquistar mercados, y digo conquistar en su expresión más literal. Pronto el imperio ingles entendió que era más económico comprar voluntades que hacer guerras, entonces comenzó a tender sus redes diplomáticas por todo el continente.
Cuando le convenía el coloniaje español, lo apoyó, dado que España era aliada de Inglaterra contra Napoleón, entonces frenaron las ansias de libertad que muchos de nuestros patriotas albergaban.
El debate de la revolución de mayo se centró en este punto, desembarazarse de España sin obtener la libertad definitiva, era la consigna impulsada desde Inglaterra y bien recibida por algunos “patriotas”. Frente a ellos estaban los auténticos libertadores, quienes desde un principio pretendieron dar libertad a estas tierras sobre todo dominio extranjero.
Pero había intereses creados, todos económicos, todos perversos para el grueso de la gente y convenientes para unos pocos beneficiarios. El plata se perfilaba como un puerto comercial para colocar los productos europeos y exportar las materias primas.
El lucro potencial era mucho y las ansias de igualdad pocas.
No es casual que desde 1810 pasaran 6 años para declarar la independencia, hubo que esperar la derrota de Napoleón, y el final de la alianza Anglo Española, para que se diera el visto bueno.
Mientras tanto muchos patriotas auténticos centraron su objetivo en la independencia, más allá de su dictado protocolar derrotando en el campo de batalla a los Españoles. Ellos tenían en claro el único objetivo posible: la independencia sin transas, sin secretos arreglos con el enemigo, sin traicioneras cesiones. Ellos ansiaban una América Latina unida, una gran nación continental, ellos eran San Martín, Bolivar, Belgrano, Guemes, Artigas, Dorrego, Rosas, entre otros. Sus contrincantes de riesgo no eran españoles, eran supuestos compatriotas, como Alvear, García, Rivadavia, Pueyrredón, Rodríguez, etc.
Los primeros estaban convencidos que la libertad se consagraría con la voluntad de los pueblos, con la participación de estos, con la industria nacional incipiente. Los otros estaban conformando una nueva colonia, ahora dependiente de Inglaterra y Europa, mantenían los privilegios de unos pocos y la hambruna del resto. El liberalismo hacía su aparición entre nosotros.
A estos últimos no le interesaban los pueblos, no hicieron nada para evitar el cercenamiento de la mitad del territorio argentino, (hoy Bolivia, Uruguay, Paraguay, Parte de Chile, y parte del Brasil), o más bien en muchos casos recibieron fuertes sumas de dinero para entregar en pactos siniestros territorio nacional. Tampoco les interesó defender la patria de dominación extranjera, por eso apoyaron innumerables veces a los enemigos extranjeros de nuestra nación, Brasil, Inglaterra, Francia, Chile, etc. Todo era válido para quedarse con las riquezas y doblegar la voluntad popular.
Poco nos dicen de la guerra civil, de unitarios y federales. Es que no pueden justificar las barbaridades cometidas contra el espíritu federal, que como primera medida reivindicaba el ser nacional, igualaba a las provincias confederadas, y restaba autoridad a la reina del plata. La guerra civil fue una guerra económica, por la dominación de las riquezas, unos proponían igualdad de condiciones, los federales, otros el dominio de la economía y la centralización del poder, los unitarios.
Unos ansiaban el esplendor de París, Londres, Baltimore, entre otras ciudades florecientes, otros amaban su tierra natal, sus costumbres, su identidad. Fue una guerra de civilizaciones, una considerada sumida en el atraso y la vergüenza y otra decente y civilizada. Esa guerra terminó, hubo vencidos y vencedores, pero la sangre de los compatriotas muertos sigue floreciendo en nuestra tierra.
Los enemigos de la argentinidad triunfaron, y junto a ellos vino la denigración, la entrega y la decadencia. Pasamos de la libertad soñada al nuevo coloniaje.
Es demasiado larga esta historia para contarla en pocas líneas, sabrán disculparme si me excedo en tantas consideraciones, pero creo necesario que la verdad salga a la luz, que nuestros niños sepan que existió una argentina distinta en las conciencias de los auténticos patriotas, que esa argentina todavía es posible. Tan sólo es necesario recrear en el pueblo una virtud que le pertenece, la libertad. Para ello sería oportuno informarles que San Martín tenía ideas revolucionarias latinoamericanistas, que creía en los pueblos originarios, y los respetaba, que Artigas no fue un prócer Uruguayo, era Argentino. Sus ideas están plasmadas en la constitución de la Liga de Pueblos Libres, donde priorizaba al pueblo y no al burgués acaudalado, que entendía democracia por integración absoluta del pueblo en el poder. Bolivar luchó por unificar América, aunque con ansias de emperador, su lucha fue enaltecedora y admirable. Dorrego planteaba también la lucha por los descamisados, como fue por primera vez utilizado el término para quien se ocupara del populacho, el mestizo, el aborigen.
¿Porqué asumir que este es nuestro destino si hay otro posible?
El pueblo tiene la palabra, cuando la recoja y se haga eco de los designios de una historia que no acabó y que está en sus manos llevarla al destino que merece.
Saludos Sergio
viernes, 18 de septiembre de 2009
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