A 64 años de un genocidio nunca reconocido
La cruel matanza de 200 mil civiles
Entre el 6 y el 9 de Agosto de 1945 cayeron sobre el Japón las 2 primeras bombas atómicas utilizadas contra el ser humano en la historia. Un recuerdo que jamás debemos olvidar, principalmente por la magnitud del exterminio que tal acto de barbarie produjo. En instantes fueron volatilizados 200 mil civiles inocentes. El ejecutor, el verdugo, nuestro vecino siempre impune, los Estados Unidos.
Unidos para doblegar al mundo, y si es necesario aniquilarlo para el mantenimiento de sus intereses. Esta es la realidad, indiscutible, aunque hoy después de tantos años se niega a reconocer que el uso de semejante arma fue innecesario. El argumento esgrimido es tan pueril y falaz que lástima los corazones de cualquier ser humano con una mínima cuota de racionalidad y humanismo.
Para contextualizar diremos que el Japón estaba completamente derrotado en aquel mes cuya fatalidad enlutó la especie humana. Que por la idiosincrasia de los japoneses no se rendirían por más amenazas que les hicieran. Tanto fue así que luego de las 2 bombas Japón no se rindió, lo hizo 2 semanas después por la avanzada soviética a la cual no pudieron resistir, y no, como argumentan los yanquis por el temor de que siguieran los exterminios por vía nuclear.
Cabe destacar que el exiguo poder de fuego de los japoneses en aquellas instancias impedía que propinaran mayores bajas a los aliados.
No pretendo justificar a los japoneses, pero sí pretendo des mistificar una acción que por más que la quieran tapar fue un auténtico genocidio. No se me ocurre otra calificación para el gobierno del país del norte que no sea el de asesino.
Una anécdota conocida pero poco divulgada cuenta que el blanco original de la bomba era una base militar. Cuando el enola guy, así se llamaba el bombardero que portaba la bomba atómica, sobrevolaba el espacio aéreo japonés por causas meteorológicas y falta de tecnología como la que hoy se dispone, no pudo identificar el blanco.
Dando vueltas en su búsqueda y a punto de quedarse sin el necesario combustible para el regreso los pilotos consultan sobre la situación a su comando y en respuesta reciben la orden de dejarla caer en donde más les plazca. Así de simple así de patética fue la actitud de la gran nación que pretende ser quien custodie el mundo.
El 6 de agosto de 1945 Hiroshima era destruida completamente.
Tuvieron tiempo de reflexionar sobre la masacre que habían cometido, sin embargo y en prueba de que les importaba un bledo asesinar a mansalva el 9 de agosto, 3 días después cometieron el segundo genocidio, arrojaron la segunda en Nagasaki.
Harry Truman, Presidente de los Estados Unidos, quedará en la historia como uno de los asesinos más crueles, aunque aún se lo recuerde con los laureles de la victoria sobre el eje del mal, como llamaban en aquellos tiempos a los enemigos de los aliados.
Que la guerra mundial fue un despropósito y una aberración es indiscutible, pero sobre quien se lleva el mérito de la crueldad, compiten cuerpo a cuerpo los asesinos nazis y los asesinos yanquis y soviéticos.
Como conejillos de indias los japoneses pagaron caro su osadía de perturbar al coloso yanqui, permitiendo a estos últimos probar su más letal arma contra quienes les mojaron las orejas en Pearl Harbor.
Comprendamos que en las guerras no hay buenos y malos, todos son horrores y todos verdugos. Comprendamos también que la impunidad que mantuvo los EEUU queda plasmada en su persistencia en no reconocer que matar en segundos cientos de miles de personas inocentes es un crimen y no una necesidad para evitar males mayores, eso se llama mentir.
Lo que más me preocupa es que dicha potencia mundial, quien tiene según se estima por lo menos un 70% de todo el arsenal atómico del mundo, que es suficiente para aniquilar nuestro planeta 100 veces, sea el que nosotros creemos nos cuida de los locos suicidas que pueden llevarnos al fin de los tiempos.
Cuando tuvo la oportunidad de probar su humanidad lo hizo asesinando cosa que más se asemeja a la brutalidad extrema que a un custodio de nuestra continuidad como especie.
Saludos Sergio
viernes, 18 de septiembre de 2009
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