Analfabetismo político y ciudadano
Mientras escuchaba la reflexión de un publicista político sobre las campañas proselitistas, y su opinión de cómo éstas inciden sobre la opinión pública, veía representada a gran parte de la sociedad argentina en uno de sus principales carencias: “La conciencia cívica”.
Cuando hablamos de conciencia, por lo menos en este caso, hablamos de conocimiento reflexivo. Conocimiento… algo que se adquiere, que se cultiva, se promueve, si se quiere, desde los inicios de la vida, y la abarca hasta su epílogo.
La reflexión aludida es que la publicidad proselitista está dirigida a quienes no tienen ideologías políticas firmes, pues quien si las detenta no cambiará su voto por más publicidad de excelencia se le muestre.
Desde este punto de vista la educación ciudadana será, para quienes no tengan identidad ideológica alguna, más allá del personalismo autocrático, o para quienes su ideología revista un grado de autoritarismo extremo en función de intereses particulares, un escollo a ser salvado, sumiendo a la población en la ignorancia política.
Si la masa electoral no tiene ideologías el caudal de votos entonces quedará librado al aparato político de quienes detentan el poder de turno, (oficialismo, empresariado, latifundistas, oligarquía, patria financiera, multinacionales, etc.), exacerbando en los candidatos banalidades cuya vacuidad disimule sus verdaderas intenciones.
Un prócer poco mencionado de nuestra historia decía hace casi 200 años que:
“Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada uno no conoce lo que vale, lo que puede y lo que sabe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, ser tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir jamás la tiranía”. Mariano Moreno, prólogo al Contrato Social deJean-Jacques Rousseau, 1810.
La claridad de estos conceptos es tan abrumadora como peligrosa su difusión y comprensión por la ciudadanía.
De alguna manera nos arrastran los actuales políticos hacia un irremediable despotismo, conceptuado el déspota magistralmente por Montesquieu como: “un hombre a quien sus cinco sentidos dicen continuamente que él lo es todo y que los otros no son nada”. Nos aporta además este gran filósofo en su maravillosa obra “El espíritu de las leyes”, que el déspota está sumido en la ignorancia pues su poder no depende del conocimiento sino del autoritarismo y la ignorancia de su pueblo.
La actualidad, siglos delante de aquellos grandes maestros de las ciencias políticas, no aporta mayores diferencias con los conceptos vertidos, nuestros políticos no son de carrera, no son eruditos ni oradores ni si quiera caudillos de voluntades populares, son exponentes de la degradación de la cultura ciudadana en su mayor expresión. Caricaturas grotescas que ya ni disimulo precisan para verter sus incoherencias por cualquier medio que difunda sus postulados desde la irracionalidad y el desconocimiento.
El vacío institucional, la abrumadora descontextualización de la carta magna y sus postulados, el abuso de la retórica como elemento de juicio y valor, son las consignas más utilizadas por nuestros políticos, a sabiendas ellos que su ignorancia no es mayor que la que padecen sus interlocutores sociales.
El voto por si mismo no implica democracia si tenemos en cuenta que la ausencia total de ideas políticas en el conjunto de la sociedad marca un camino sin rumbo, sin identidad ni convicciones. Transitando la civilidad a la deriva cualquiera puede tomar el timón y embarcarnos hacia un destino funesto. Tras los déspotas a los que regalamos el poder están quienes sí tienen en claro que pretenden para ellos y para nosotros.
Allanar el camino hacia una conducta ciudadana digna está a nuestro alcance, reposa en bibliotecas abandonadas, en nuestros niños cuyo espíritu aún es libre de opresión, en nuestros abuelos cúmulo de experiencias y sabiduría, en nuestra inquietud y apetencia de conocimientos, en nuestras raíces latinoamericanas, en la solidaridad y compromiso, pero principalmente en la férrea voluntad de creer en algo y expresarlo libremente.
Nuestra dignidad es el último reservorio de la posible argentina que todos queremos y por la cual tantos hombres de bien han dejado hasta sus vidas por mantenerla.
Saludos Sergio
viernes, 18 de septiembre de 2009
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