viernes, 18 de septiembre de 2009

Cuando la razón puede más que los sentimientos

Desde niños abandonamos los sentimientos empujados al abismo de la razón.
Desde el principio sin más argumento que la falsa moral y buenas costumbres, somos condenados al pecado poco original de no sentir, de no expresar lo que desde nuestro interior puja desesperadamente por salir.

Cuando nacemos nuestro estado es auténticamente libre, sin condiciones ni condicionamientos, sin culpas ni verdugos, sin deudas ni acreedores. Allí sólo allí hay sentidos y sentimientos libres. En ese amanecer de la vida no hay nubarrones de condena social, moral o religiosa.

La sociedad rápidamente se encarga de endilgarte la culpa de la existencia, en el caso de occidente con la religión y su bendito pecado original. Sí, por nacer somos culpables, la existencia viene con fecha de vencimiento y un pagaré de por vida para redimir culpas que nunca tuvimos.

Así construye la humanidad su propia cárcel de los sentidos, allí se debate el juicio final, al cual somos invitados a concurrir desde que nacemos.
Milenios de enseñanzas engañosas sobre el juicio y la razón, apoyados por filósofos cuya actitud procaz determinó que la razón es la base del ser y que ella sólo podía estar en manos de unos pocos iluminados.

Desde Platón hasta Kant, hemos sido sólo observadores de sus sentencias, desde la institucionalización de la iglesia con Constantino hasta el último Papa nos imponen que el patrimonio del sentir es exclusivo de ellos, siempre alejados de las auténticas enseñanzas del creador, al cual encasillaron en la inmutabilidad de sus principios cuando en realidad Jesús proponía el sentimiento como base de su doctrina.

Nosotros luego, esclavos de la razón, somos sus mejores aliados imponiéndonos e imponiendo a cuanto ser dependa de nosotros sus directrices incluso a sabiendas del mal que provocamos, sin embargo estamos ahí, siempre dispuestos a continuar su gran obra mutiladora.

La razón es la mejor aleccionadora para coartar nuestros impulsos de libertad, la razón a su vez es el veneno de los sentidos que por más que intentemos destruir, continuaran luchando por su libertad, ahora tras las rejas de nuestra atribulada conciencia.

Desde esta premisa original nace con nosotros la frustración, el desaliento, la hipocresía, y la maldad. Es que nuestra vida está dedicada a ocultar nuestros sentimientos a desecharlos por impropios a la divina justicia moral.

Así las cosas siempre estaremos en deuda, ya no exclusivamente hacia los poderes divinos o sociales sino a nuestras más íntimas necesidades afectivas.

La condena impuesta, las cadenas que arrastramos por la vida, siempre nos recuerdan lo alejados que estamos de la libertad, aunque ya su estridente sonido queda aplacado por las musas de la razón y la moral.

Saludos Sergio

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